lunes, 2 de enero de 2017

El cachorro y la serpiente



Había estado con él desde que era un cachorrito. Su amor incondicional había ocupado por largos años un gran e importante espacio en su corazón. Seguía sus pasos a donde quiera que este se disponía a marchar. Estaba dispuesto a acompañarlo a cualquier aventura, por más peligrosa o por más infantil que pareciese. Su amor no percibía diferencias entre los actos bondadosos y aquellos más oscuros, ocultos a veces en sarcasmos que solo el ser humano, en su inigualable razonamiento, es capaz de descubrir. Si su amo brincaba, él también lo hacía; si su amo corría, él lo perseguía. Como una imagen reflejada en el espejo, complaciente y fiel, queriendo ser igual con el único pretexto de ser siempre parte importante de su familia.

Aquel día cuando se conocieron fue maravilloso. Sus ojos parecían iluminar aquel cuarto oscuro donde había permanecido desde su nacimiento junto a otros perros de diversas razas, tamaño, sexo y edad. La familia nuclear lo sostuvo en sus brazos, acariciándolo como si estuvieran dándole la bienvenida a un nuevo hijo, mientras tímidamente este respondía a aquel cariño maternal que jamás encontró en los de su tipo. La felicidad enfatizaba entre sus sentimientos y se confundía con aquellos escasos momentos de placer a la hora de comer, lo más cerca de la felicidad que había conocido hasta ese momento. Y es que alguien desconocido sin razón alguna le regalaba un aprecio que a su entender nunca se ganó.

A la más mínima señal de peligro, allí estaba él, no más grande que un gato, pero más valiente que un león. Sus ladridos parecían ahuyentar toda pestilencia a su paso, aunque en realidad solo espantaba las gallinas del vecino. Era el guardián del hogar, el mismo que no paraba de jugar con las visitas de confianza, y que escondía el rabo a la hora de bañarse.

Su amo lo era todo en su fugaz vida canina. Juntos todo el día, se convirtieron en los mejores amigos. Dormía todas las noches junto a él en un rincón de su cuarto. Lo daría todo, incluso su vida si así fuere necesario para protegerlo de cualquier peligro. Quería que supiera que su amo, apenas un niño un poco mayor que él en edades proporcionales, siempre podía contar con su amistad.

Una noche, mientras dormían, una serpiente entró en la habitación. Una sutileza en el desplazamiento de la intrusa fue clave fundamental para poder adentrarse en la habitación sin ser percibida. Pero aunque logró ganar unos segundos de ventaja, su sigiloso arrastre no fue suficiente para burlar al guardián de la casa, quien rápidamente interrumpió su avance haciéndole frente con fuertes ladridos que despertaron al amo. El infante amo, entresueños aún, veía con sosiego aquella situación que normalmente podría agitar a muchos. Más bien sentía un poco de excitación morbosa al ver aquellas dos especies tan distintas haciéndose frente una con la otra en una batalla mortal.

El guardián era cuidadoso, sabía que no representaba ventaja alguna frente aquel depredador nato, salido de las entrañas del bosque peligroso, en donde la vida se gana por fuerza, astucia y un poco de suerte; y no por la habilidad diplomática de estar dispuesto a colaborar con los infantiles asuntos de la especie que gobierna el mundo, aunque lo segundo a veces sea sinónimo de esclavitud. Con el amo despierto, su confianza aumentó. Sus ladridos ahora eran más graves y su mirada más aterradora. Ahora contaba con el apoyo de su amo, y eso le sumaba en valor, aunque no era suficiente para atreverse a lanzarse hacia ella. Sus actos eran más disuasivos, solo quería lograr que aquella bestia abandonara la habitación. Pero el amo se cansó de aquella escena sin final aparente, así que llamó al guardián junto a él y lo tomó en sus brazos, mientras este ilusamente pensó que su amo lo protegería, un pensamiento enfermizo se apoderó del amo y terminó lanzándolo hacia la serpiente. Todo parecía transcurrir tan lentamente. El guardián podía percibir en cámara lenta como volaba por los aires lanzado por su amo con dirección hacia la serpiente. Mientras se veía acercarse cada vez más a la víbora que la esperaba con ansias y la boca abierta, fijaba también la mirada hacia su amo y veía como su imagen de niño travieso y sonriente se alejaba cada vez más.

La serpiente le clavó sus colmillos y lo enredó entre su largo cuerpo. Ya no ladraba, gritaba desesperadamente. Sus gritos ahora eran agudos y con rápidos intervalos, daban lástima. Su rostro parecía llorar pidiendo la ayuda de su amo una y otra vez, mientras se iba quedando sin fuerzas, y su amo brincaba de algarabía en la cama ignorando sus llantos de auxilio.

Ya no le salía la voz, y allí en su lecho de muerte, envuelto entre ese animal salvaje, se dio cuenta de la cruda realidad de la que nadie le advirtió. El ser humano no era diferente a los demás, era simplemente el mismo ser terrible con una idea justificable de superioridad. Y murió.

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